La siguiente carta de Lenin trata de un tema cotidiano, sobre problemas comunes en el trabajo organizativo y centrada en mejorar a los individuos, corrigiendo sus malos hábitos y el caos reinante en su proceder político, para así no sumir en la anarquía también a aquellos con quienes se coordina. Tanto a aquellos que hayan vivido las dificultades de lidiar con perfiles problemáticos, como a quienes adolezcan de los vicios o defectos descritos, les será de gran utilidad conocer la actitud que exigía Lenin para corregir a sus allegados.
Daremos un brevísimo contexto al lector, la carta data de 1902, época en la que el periódico «Iskra» estaba construyendo los cimientos del futuro Partido Bolchevique, constituido en 1903. Lenin, como parte del consejo de redacción, ya tenía una gigantesca carga de trabajo a sus espaldas, siendo el segundo redactor del periódico que más artículos aportó a este. Aquello no impedía a algunos de sus camaradas en reclamarle ayuda ante diversos problemas, muchas veces ajenos a su competencia y que correspondían a ellos solucionar. Aunque parezca surrealista, un Lenin lejos de Rusia, en el extranjero donde se publicaba «Iskra», debía sacar tiempo de su agenda para reiterar e insistir en aplicar las directrices contenidas en su recién publicado «Qué hacer» (1902), pues algunos «iskristas» del interior de Rusia obraban por libre. Así, por ejemplo, en 1901, sin haber pasado un año desde que empezó la publicación de «Iskra», se le sugirió a Lenin detener la publicación del periódico en todo el país para sustituirla por un nuevo periódico nuevo de alcance solo regional. Ante tal perspectiva, de dar marcha atrás con lo que costó montar un periódico para todo el país y volver a la dispersión previa, Lenin fustigó:
«La razón de ser de la organización de «Iskra» es apoyar e impulsar el periódico y, por medio de él, unir al Partido, y no dispersar nuestras fuerzas, que ya lo están bastante sin esa organización. (…) Es absurdo y criminal dispersar fuerzas y fondos; «Iskra» no tiene dinero, sus agentes rusos no le suministran un kopek y, sin embargo, cada uno de ellos proyecta una nueva empresa que requiere nuevos fondos. Todo esto revela falta de firmeza». (Vladímir Ilich Uliánov, Lenin; Carta a S. O. Tsederbaum, julio de 1901)
Reflexionando sobre la situación en la que se hallaba recalcó:
«La experiencia nos ha demostrado los pocos que somos para fundar un verdadero órgano político, qué pocos colaboradores y periodistas tenemos, qué pocas personas con vinculaciones políticas, qué pocos prácticos que se hagan cargo de la distribución y la expedición. Hay pocas personas de esta clase en Rusia, sin necesidad de que las desperdiguemos aún más y abandonemos una empresa de toda Rusia, que ya está empezada y que necesita apoyo general, para dedicarnos a fundar una nueva empresa local». (Vladímir Ilich Uliánov, Lenin; Carta a S. O. Tsederbaum, julio de 1901)
La solución de Lenin consistía en dos axiomas, paciencia y disciplina. Entregarse en cuerpo y alma a «Iskra», aumentar su difusión, contribuir a ella, mantener el horizonte político general por encima de las estrecheces locales y lograr con la suma de esfuerzos mejorar su regularidad, pues Lenin planeaba conseguir su publicación mensual pronto y algo más tarde la quincenal. Había que armarse de empeño, no «saltar con impaciencia de un plan a otro» y no «desanimarse por reveses temporales», no abandonando sus cometidos solo por «dos o tres fracasos» partiendo de nunca haberse intentado. El plan de impulsar la «Iskra» requería paciencia, donde seguir lo previamente acordado y mantener cada cual su compromiso daría sus frutos: «lograremos nuestro objetivo, si bien no tan pronto».
Puesto todo el mundo sobre la misma página, ¿cuál es, entonces, la actitud personal que se ha de tomar con un cometido así? ¿Han de actuar los revolucionarios ante el órgano de expresión pasivamente, desde la distancia y tomándolo como asunto ajeno, o han de involucrarse plenamente con este para mejorar su éxito? El documento reproducido responderá a estos interrogantes.
«Usted se queja de nuestros «agentes». Quiero hablar de eso con Usted; también a mí me preocupa mucho este tema. «Los agentes han sido reclutados demasiado a la ligera»… Lo sé, lo sé demasiado bien, jamás lo olvido, pero esa es precisamente la tragedia −¡créame, no es exagerada la palabra tragedia!− de nuestra situación consistente en que nos vemos obligados a proceder en esta forma, en que somos impotentes para superar la desorganización que impera en nuestros asuntos. Sé muy bien que sus palabras no implican un reproche a nosotros. Pero trate de ponerse del todo en nuestro lugar y adopte una actitud que le haga decir «nuestros agentes» y no «los agentes de ustedes». Usted puede y −en mi opinión− debe adoptar esa actitud, y sólo entonces desaparecerá, de una vez para siempre, toda posibilidad de malentendidos.
Sustituya la segunda persona por la primera, vigile Usted también a «nuestros» agentes, ayude a encontrarlos, a cambiarlos y a sustituirlos y entonces Usted no hablará de la «antipatía» de nuestros agentes −ese lenguaje por fuerza ha de ser entendido: se lo considera como una expresión de alejamiento, se lo considera así en general y así lo consideran los miembros de nuestro cuerpo de Redacción que no han tenido la posibilidad de aclarar las cosas con Usted−, sino de los defectos de nuestra causa común. Hay infinidad de estos defectos y a medida que pasa el tiempo, siento cada vez más su peso. Se va acercando la hora −lo presiento− en que nos enfrentaremos de lleno con el problema: o Rusia destina su gente, designa personas para que nos ayuden y resolvamos las cosas, o… Y aunque sé y veo que se está designando a esas personas y que crece su número, eso se hace con tanta lentitud y con tantas interrupciones, y el «chirrido» de la maquinaria tortura tanto los nervios, que… a veces resulta muy penoso.
«Los agentes han sido reclutados demasiado a la ligera». Sí, pero después de todo nosotros no fabricamos el «material humano», sino tomamos, y tenemos que tomar, lo que nos dan. No podemos prescindir de eso. Viaja un hombre a Rusia; «quiero trabajar para «Iskra», dice. Es un hombre honrado, fiel a la causa. Bien, parte, por supuesto, y pasa por «agente» nuestro, aunque ninguno de nosotros le haya conferido jamás ese título. ¿y con qué medios contamos para controlar a los «agentes», dirigirlos o destinarlos a otros lugares? Por lo general, ni siquiera logramos que nos escriban y en nueve casos de cada diez −lo digo por experiencia propia− todos nuestros planes respecto a la actividad futura del «agente» se convierten en humo no bien atraviesa la frontera, y el agente trabaja como Dios le da a entender. Créame, prácticamente estoy perdiendo la fe en las suposiciones, los itinerarios, planes, etc., que se elaboran aquí, porque sé de antemano que nada resultará de eso. Nos vemos «obligados» a hacer esfuerzos denodados para realizar −por falta de personas adecuadas− las tareas de otros. Para poder designar a agentes, atenderlos, responder por ellos, unirlos y dirigirlos en la práctica, hay que estar en todas partes, correr de un lado a otro, verlos a todos ellos en su tarea, trabajando. Para eso se necesita un equipo de organizadores y guías prácticos, pero no los tenemos, es decir, los hay, pero, claro, son poquísimos... Esa es toda nuestra dificultad. Resulta a menudo tan irritante comprobar nuestra falta de organización que se nos quita la capacidad de trabajo; el único consuelo es que si avanza −y evidentemente avanza− a pesar de todo ese caos, tiene que ser una causa vital. Ello significa que cuando haya fermentado tendremos buen vino.
